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Domingo, 15 de mayo de 2005
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OPINIÓN
Editorial
Fuego en Uzbekistan
Pocas semanas después de que un levantamiento social obligara a renunciar al presidente del vecino Kirguizistán, los graves enfrentamientos que se están registrando desde la noche del jueves en la ciudad de Andiján, que han costado ya centenares de muertos, según organismos de derechos humanos presentes en la zona, y que parecen extenderse por Uzbekistán, amenazan con sacudir también al autoritario líder uzbeko, Islam Karimov. La rebelión parece haber sido iniciada por un numeroso grupo de radicales islámicos que en la madrugada del viernes ocuparon un cuartel para hacerse con armas para asaltar después la cárcel de alta seguridad de la ciudad y liberar a 23 militantes del movimiento akramita.

El régimen de Karimov -acusado por numerosas organizaciones humanitarias de malos tratos y torturas a sus prisioneros- está persuadido de que tras las asociaciones culturales y cívicas reivindicadoras de la identidad nacional musulmana del país está el temido Hizb ut Tahrir (Partido de la Liberación), del que los akramitas serían una nueva corriente, ilegal y autor de medio centenar de atentados contra policías y funcionarios. Esta organización, muy activa hace años, se radicalizó tras la invasión de Afganistán y la concesión a los Estados Unidos y sus aliados de facilidades militares como acceso a bases en el territorio desde la que apoyar acciones en el vecino país, aunque este hecho no explica del todo la revuelta.

El Gobierno no miente cuando estima que un régimen inspirado por el Hizb impondría la ley islámica y se convertiría en un aliado objetivo de facciones fundamentalistas, pero su argumentación queda muy debilitada por la propia condición también antidemocrática del actual régimen en el poder, emanación de las peores tradiciones del clientelismo familiar y la impudicia política de un líder que ya lo era en los días de la URSS, y que después de apoyar el golpe de Estado contra Gorbachov se instaló mediante el fraude electoral y el sistema plebiscitario y policial en un poder del que no se bajará sin más. Ahora, el cóctel que surge de la combinación de un régimen despótico enfrentado a un conato de levantamiento musulmán integrista es explosivo. El presidente Karimov no es un pactista práctico como el kirguiz Akaev, quien negoció ventajosamente su relevo, y no es descartable que el presidente intente, aun a costa de un baño de sangre, controlar la revuelta antes de que prenda en otras regiones, lo que no augura nada bueno en un país condenado a la pobreza por la corrupción de sus dirigentes.


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